jueves, 29 de noviembre de 2012

FLORES CON POESIA XXII.- Vivo sin vivir en mi.




Nacida en una familia noble, tuvo muy buena educación. 
La vocación le llegó desde muy joven, tanto es así que a los siete años en compañía de una de sus hermanas escapó de casa buscando el martirio en el norte de África. Se las encontró a tiempo y solo quedo el lance en anécdota.
Con diecinueve años entró en la congregación de las Carmelitas en Ávila. De allí saldrá para fundar una nueva congregación, las Carmelitas reformadas.
Por ello fue acosada y aun así tuvo tiempo para fundar diecisiete conventos, cartearse con muchísima gente y dejarnos alguna poesía, poca, entre la que destacamos Vivo sin vivir en mi.
Contemporánea y amiga de personajes tan importantes como San Juan de la Cruz, San Pedro de Alcántara, San Francisco de Borja, Jerónimo Gracián y un gran etcétera de personajes notabilísimos de la época. 
Iluminada religiosamente, con una Fe desbordante, con una necesidad de Dios impresionante…
Nuestro personaje no es otro que Teresa de Cepeda y Ahumada conocida como Santa Teresa de Jesús. Nació en Ávila en mil quinientos quince y murió en Alba de Tormes en el mes de octubre de mil quinientos ochenta y dos.
Os dejo con estos versos llenos de un misticismo extraordinario, casi rayando en la locura o en el pecado por solicitar con vehemencia la muerte.



VIVO SIN VIVIR EN MI










Vivo sin vivir en mí,
Y tan alta vida espero,
Que muero porque no muero.







Aquesta divina unión,
del amor con que yo vivo,
hace a Dios ser mi cautivo,
y libre mi corazón;
más causa en mi tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero







¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que el alma está metida!
Solo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.








¡Ay! ¡Qué vida tan amarga
do no se goza el Señor ¡
Y si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga;
quíteme Dios esta carga,
más pesada que de acero,
que muero porque no muero.










Solo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.









Mira que el amor es fuerte;
vida, no seas molesta;
mira que solo te resta,
para ganarte, perderte;
venga ya la dulce muerte,
venga el morir muy ligero,
que muero porque no muero.







Aquella vida de arriba
es la vida verdadera:
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva;
muerte, no seas esquiva;
vivo muriendo primero,
que muero porque no muero.







Vida, ¿Qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí
si no es perderte a ti,
para mejor a El gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues a Él es solo el que quiero,
que muero porque no muero. 







Estando ausente de ti,
¿Qué vida puedo tener,
Sino muerte padecer
La mayor que nunca vi?
Lastima tengo de mi,
por ser mi mal tan entero,
que muero porque no muero.
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Espero que os haya gustado.
Menuda mujer debia ser.
Sed felices.
Antonio
 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

MEDITACIONES SOBRE UN PASEO EN SILENCIO.-


El día está gris, sin sombra. La humedad que la niebla ha dejado esta noche en los caminos es fría y se nota en los pies. El silencio,  solo lo rompe el monótono andar mío que, poco a poco, sin prisas, cansino, va avanzando buscando… ¿Buscando qué? No hallo la respuesta; quizás algo que se que en la soledad del paseo no voy a encontrar; quizás tampoco fuera de ella; en el bullicio de la gran ciudad seguro que no.




La alfombra que el otoño ha preparado para mis pies varía en su calidad. En unos lugares su grosor hace que mis pisadas se escondan en un submundo desconocido de umbrías perennes, donde los mirlos buscan afanosamente, fuera de tu alcance, algún gustoso bocado que llevarse con su pico. En otros, son solo madejillas sueltas o incluso matices de pequeñas lanas descoloridas que decoran los rincones del camino. 





Un dosel cubre el cielo gris de multitud de colores de oro como si quisieran los arboles decirle a las nubes que, a falta de sol, ellas son capaces de crearlo sin su ayuda. Relucen maravillosas las hojas de las acacias con sus bayas de simientes preparadas a caer en cuanto los suelos estén preparados para ellas. Los castaños que no quieren ser menos entonan cánticos coloridos que van de su verde maravilloso a un marrón cerrado, casi sucio, pasando por tonos amarillentos y fugaces. Y entre ellos, descuidado en mitad de esta foresta, como si una mano invisible lo hubiese allí dejado caer, aparece con su rojizo plumaje un ciruelo o un arce, dispuesto también a aportar sus colores y sus tonos al arco iris de los arboles.






Guerra de luces y colores entre arriba y abajo. Arriba hoy se ha confundido y su monotonía gris, plana, le ha restado importancia. Las tardes de sol surcadas de altas y majestuosas torres que indican el poder de los cielos, están hoy convertidas en una sucia alfombra celeste que nos priva de su maravillosa transparencia.





Abajo, parecen gritar, con todo el poder de sus pinceles, que quieren seguir existiendo, que el sueño que comienza a apoderarse de ellos no es más que una droga que alguien malvado les ha vuelto a lanzar. Y en el comienzo de este sueño, alucinógeno por el paso del tiempo, las visiones y la imaginación se convierten en una guerra de colores. 






A  cada paso, a cada beso de un pequeño golpe de aire, una fina lluvia de hojas vuelve a bajar imitando a la lluvia de los cielos suavemente, dulcemente, como una nevada de grandes copos multicolores. Miro hacia atrás, es bueno hacerlo de vez en cuando, y compruebo que el camino ha cambiado de aspecto. La nevada de colores amarillos ha dejado, como si de un arroyo manso se tratara, un remanso de color encima de la hierba del prado que a su costado está. Y hacia adelante, allá en la lejanía, bajo un olmo vuelve a suceder lo mismo.





No me doy cuenta, pero el tiempo va pasando; maldito tiempo; he de retomar el camino de vuelta. La duda es cual tomar.  Los caminos pueden ser trampas donde perderse o donde gozar. La elección en este caso depende de mi mismo. Y como me gusta llevar la contraria voy a girar en el sentido contrario a las agujas de reloj que me conducirá a lugares de cristal que quieren dejar pasar todo a través de ellos.





Los cipreses de los pantanos, erguidos en mitad del estanque, están preparando también su invierno. Coquetos se miran en el espejo de las aguas y en el de los cristales del palacio. Y ambos, coquetos también, los toman como si de trenzas de su cabellera fuesen. 
Aquí el silencio es roto por los sones de un trompetista que, con pasodobles, rompe el silencio del parque buscando una propina que le ayude a subsistir.





Roto el embrujo del silencio que me acompañaba, busco un lugar de paz y tranquilidad, algo mas cálido que las márgenes del estanque y allí al fondo, a los pies de la loma del palacio, el rincón de los mayores me llama con su voz silenciosa, con un murmullo de vista y de mesitas de ajedrez dispuestas al libre albedrío de la estación de turno, buscando el sol o la sombra. Y en una de ellas, un mayor, enfundado en su chaqueta de pana, con su gorra en la cabeza, está escribiendo sobre una de las mesas. Le observo durante un rato y observo el entorno que le rodea. Me doy cuenta que el lugar es el idóneo para escribir. Las hojas de múltiples colores verde-amarillos de los arboles de alrededor son perfectas para la inspiración poética, no tanto para escribir unas memorias. Luego debe ser un poeta…  ¡Ah,  la mente como imagina! Pero no quiero salir de mi error. Dejémosle que sus dedos conduzcan su pluma buscando la rima y que esta forme unas estrofas maravillosas a la vida discurrida. 




 


Su intimidad y sus letras son solo suyas. Si alguna vez lo quiere, las lanzara al viento a ver si germinan en alguna mente que desee compartirlas. Quizás estuviese escribiendo unas memorias que deja para sus hijos, quizás cartas a una amante muerta, quizás un cuento para un nieto, quizás…
Dejemos al viejo de la chaqueta con sus letras y sus pensamientos de antaño y volvamos a nuestro paseo silencioso, solitario y encontremos de nuevo el silencio, solo roto por los pasos al pisar las hojas de la alfombra.
Volvemos a andar y el sonido de la trompeta se va perdiendo entre las hojas…
Vuelve el silencio en un suave murmullo de viento que me acompaña. A lo lejos una pareja cruza un camino; más al fondo, mucho más al fondo, en la lejanía de la perspectiva que forman los arboles del camino, otra figura silenciosa pasea sola; soledad del caminante que se sabe acompañado por el silencio de sus pensamientos.






Allá al fondo una reja y unas piedras blancas me indican que el paseo se acaba. El silencio se rompe y el ruido, al que hemos  desterrado normalmente de nuestra mente  por costumbre de oírlo, vuelve de nuevo. Se ha roto la magia del silencio y del color. El asfalto y el ladrillo me indican que debo volver a la realidad cotidiana; y que el viejo, el árbol, la hoja, el color y la alfombra quedan como un magnífico recuerdo del paseo de hoy; un paseo tranquilo, silencioso, bello...

--o0o--


Espero  os haya gustado.
Sed felices.
Hasta pronto.
Antonio

lunes, 26 de noviembre de 2012

FLORES CON POESIA XXI.-Elegia de los árboles cortados (Fragmento)


Este poeta, nacido en 1911, en San Juan de las Abadesas, provincia de Gerona, ingreso en los Jesuitas y dedico parte de su vida a la enseñanza, fundamentalmente de la literatura en el colegio de la orden en Valencia. 

Gran conocedor de la cultura grecolatina y gran estudioso de Europa por la que viajó.
Colaboró con las revistas Razón y Fe, Destino y en revistas especializadas en poesía y literatura.


 
Fue un gran poeta lirico, considerados de los mejores de la época contemporánea, tanto por su lirismo claro y luminoso como por las inquietudes que trasmite en sus poemas.
De entre sus obras destacar: Entre silencio y vuelo, Madrigales al Nacimiento del Señor, La hora de los ángeles, etc.



Su nombre: Juan Bautista Bertran.
Murió en mil novecientos ochenta y cinco






Elegía de los árboles cortados.

(Fragmento)




Con la tristeza de un muñón humano,
y un serrín fresco, como sangre, en torno,
esta mañana clara he sorprendido
los árboles del parque:
de la herida del tronco mutilado
una savia de lágrimas fluía.
¿Cómo sabré, sin verla, la llegada
musical de la aurora, derruidas
esas torres de trinos centinelas?


¿Y el mensaje delgado del buen tiempo,
cuando –complicidad de rama y vuelo-
estremece la seda de sus brisas
en limpias rasgaduras de armonía?




¿Y el advenir del alma del otoño,
sonora, por vosotros, en dulzura,
melancólica y bella de plañidos?
La suave sensación de una acogida,
ya familiar, al trasponer la verja
de entrada ¿Dónde queda?




Porque es sensible el árbol, fiel y noble.
 


Es como el perro entre los vegetales.
La flor es inconstante. Solo dura
su amistad unos días. Pero el árbol
es como estos sirvientes de la casa
que nos vieron nacer, y que hasta saben
de la madre y abuelos, cuando niños…
¡Compañero leal y bondadoso!




Es en el bosque majestad, grandeza;
en el parque, retiro; y en la calle
jovial sonrisa verde que atenúa
adusteces monótonas de asfaltos
y cementos armados. Un incendio
de frescura inocente en primavera,
un incendio de cobre en la otoñada.
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Espero que este poeta contemporaneo os haya gustado.
No se a que parque se refiere, pero está claro que se encontro los árboles cortados de la noche a la mañana.
Buen día a todos.
Antonio

HOJAS FUERA DE LUGAR.-

La naturaleza cada otoño nos regala imágenes de miles de colores distintos que son hojas que han cumplido su cometido y van a descansar. Cuando caen, agotadas y realizado su trabajo, siembran los suelos de alfombras maravillosas a lo largo de nuestros jardines y calles.
El viento se encarga de trasladarlas de un lugar a otro, de colocarlas en distintas situaciones, unas veces normales, otras extrañas. Situaciones que el azar a decidido sortear entre ellas. Desde verse trasladada de un lugar a otro en el frontal de un automóvil a verse inmovilizada detrás de un extintor junto a un deposito de gasóleo.
Azar, dichoso azar que marca un destino que no buscado aparece en el camino aunque uno no quiera. Azar que en distintos instantes nos puede cambiar la vida. Elemento inmaterial, que unas veces nos favorece y otras por el contrario vuelve el entorno en contra nuestro, elemento no lineal que, como un sinusoide, unas veces esta contigo y otras contra ti. Azar, con el que hay que contar sin saber por donde saldrá, pero que muchas veces esta ahí, sin haber sido invitado.
Y ese azar ha sido el que ha ido colocando cada una de las hojas que os presento en el lugar donde las he fotografiado y el que de alguna manera me animo a coger la maquina de fotografiar después de comer en otro día gris.


HOJAS FUERA DE LUGAR.-

























































































Nada más. Que tengáis una semana maravillosa. Sed felices.
Antonio

viernes, 23 de noviembre de 2012

SAN JERONIMO EL REAL DE MADRID.- Portada.

De estilo Isabelino, es decir gótico tardío, la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid, ha sufrido a lo largo de su historia multitud de trasformaciones, la ultima hace apenas unos años con la incorporación del claustro de siglo XVI al Museo del Prado y la reparación de sus torres y muros, desde mi punto de vista, incorporando elementos de enfoscado erróneos.

Tantas reformas ha tenido que si levantase la cabeza su arquitecto Enrique Egea, aunque esto no es seguro, se echaría a temblar.
Los Reyes Católicos la mandaron construir a finales del siglo quince y se comenzó sus obras por mil quinientos tres. Su construcción se debió a dos factores:





Uno tener los reyes un lugar donde acogerse en sus visitas a Madrid y otro, trasladar al convento de San Jerónimo entonces existente junto al río Manzanares a un lugar mas saludable.
De la portada original no queda absolutamente nada. Fue destruida por las tropas napoleónicas y la actual se debe a una restauración que mando realizar en toda la Iglesia D. Francisco de Asís consorte de la reina Isabel II, momento en el cual a parte de restaurar la fachada se le añadieron las dos torres que conocemos actualmente.
La portada fue realizada en el siglo XIX por el escultor Ponciano Ponzano, el mismo que realizó el friso del tímpano del edificio de las Cortes Españolas. Esta portada,  neogótica del siglo XIX esta retranqueda de la fachada con un atrio que remata con un arco carpanel.
La portada enmarcada esta compuesta por una arcada de medio punta con sus correspondientes arquivoltas, sobre la que destaca dentro de otro arco sobrepuesto un Calvario con Cristo, La virgen y San Juan.
Bajo el y ya en el tímpano de la puerta unas escenas del nacimiento de la Virgen.
Antes, dos escudos de la casa real española, uno a cada lado del eje flanquean el Calvario.
En una de las jambas, y como continuación de ellas, existen unos pináculos o doseles donde se cobijan unas imágenes y en las propias jambas otras dos imagenes y entre floripondios unos angelotes que aparecen de vez en cuando, una figura humana y ciertos animales como una oveja y un perro.
Como curiosidad, la verja de hierro forjado que cierra el atrio no es española sino que se fundió en Francia.
Y para terminar, la actual escalinata existente hoy en día y que enlaza con el Museo del Prado se realizo para la boda de Alfonso XIII en 1906.
Nada más. Os dejo con las fotos, pues esto es apreder con la vista. 













































Como vereis es más el valor historico del conjunto que el valor artistico de la portada, pero el destino no ha querido que Madrid conservase intacto el unico templo gótico-isabelino que nos quedaba. 
Buen dia y hasta pronto. Sed felices.
Antonio